La Burbuja Mundial de los Ferrari.

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Existe una corriente especulativa global en torno a los ‘cavallini rampanti’ clásicos

A Philippe Gardette le han montado un pequeño taller en el sótano, con un flamante puente elevador negro que destaca como un piano Steinway. Ya está todo decidido desde hace tiempo. Gardette dejará su Auvernia natal, donde durante 38 años ha vendido y mantenido… resucitado mejor dicho, los bólidos rojos de las carreteras de Francia y de Navarra. Desde ahora se encargará del concesionario de Ferrari-Maserati en Ginebra.

“Por desgracia, no he podido transmitir en Francia lo que he construido, así que he decidido irme con los amigos y los clientes que tengo en Suiza”, relata Gardette, que aprendió su oficio de restaurador de Ferrari con el legendario importador parisino Pozzi, un amigo de Enzo Ferrari, en la década de 1970. En su voz se percibe ese lamento de los dueños de pymes franceses, convencidos de haber luchado toda su vida contra la Administración y el fisco, y que, cuando llegan a la jubilación, prefieren liquidar su empresa.

Pero Gardette no se quiere ir sin “transmitir” su experiencia en el nuevo taller de restauración de Modena Cars en Plan-les-Ouates. Con la llegada de este maestro de Clermont-Ferrand, acompañado de dos mecánicos, un carrocero y un pintor de la casa, el taller será el primero en Suiza autorizado para hacer restauraciones completas y con la certificación “Ferrari Classiche” para modelos de entre 1947 y 1990. “Vamos a empezar poco a poco, hay que formar a la gente”, explica Gardette. “Estaría bien hacer tres restauraciones completas al año”, coincide el inquieto Gino Forgione, director de Modena Cars.

El negocio del Ferrari clásico no tiene nada que envidiarle a la jungla del mercado del arte. En las ventas, las sobrepujas se multiplican: 10, 20, 30, 40 millones de euros por un 250 GTO de principios de la década de 1960, aquellos cuyos numerosos triunfos en Le Mans dolieron tanto a Ford. Los mismos deportivos de los que la gente se deshacía por 20.000, 25.000 o, en el mejor de los casos, 30.000 euros en la década de 1970.

La estrella del concesionario es un 250 GT short wheel base [base del cabriolé de rueda corta] de 1960, uno de los 34 con piezas originales que han sobrevivido de un total de 147 coches. El automóvil fue adquirido con un socio por el responsable de Modena Cars hace tres años. ¿El vendedor? Un belga de 80 años establecido en la región “que, sobre todo, no quería un comerciante”, señala Forgione. “Las posibilidades en la zona del lago Lemán son enormes”, reconoce el responsable de un concesionario cuya facturación por trabajos de restauración ha aumentado un 27% en tres años. Según él, Suiza representa “un incremento del 5%” del mercado mundial de los cavallini rampante clásicos.

Frenesí especulador

¿Pero qué vale la pasión frente a este frenesí especulador? “Las burbujas van y vienen. A finales de la década de 1980, la especulación aumentó con el fallecimiento del patriarca Enzo Ferrari, pero tres años más tarde la situación ya no era la misma”, recuerda Forgione. En su opinión, el dinero ha contaminado sobre todo el mercado de los youngtimers, los vehículos de las décadas de 1970 y de 1980. Así, un F40 —el último supercoche que nos dejó Enzo Ferrari y cuyo póster decoraba las habitaciones de la adolescencia de los hoy cuarentones adinerados— se vendía por unos 350.000 euros en 1992. Hoy, los estadounidenses están dispuestos a desembolsar hasta 1,2 millones por este modelo. El F40, el sueño de los pizzeros, no puede competir con los clásicos de la década de 1960. “Los clientes que poseen las princesas más hermosas, las más raras, son extremadamente adinerados y se burlan de las invitaciones discretas de las casas de subastas; se intercambian los coches al volver de las concentraciones en las que dan vueltas con ellos”, quiere creer Forgione.Lo mismo les ocurre a los financieros que gestionan fondos de inversión dedicados a los coches de colección. “Llegan demasiado tarde y son incapaces de tener acceso a los mejores coches”, opina Forgione. Según él, tendrán que ir a por los coches más corrientes e intentarán hacerse con las migajas de la burbuja. “En un entorno así, hace falta gente con la cabeza, no mecánicos como yo”, bromea el antiguo jefe de Auvergne Moteurs, que aun tiene que traerse algunas herramientas de Puy-de-Dôme.

El director de Modena Cars, que es agente oficial de Ferrari desde 2004, explica que “cierra el círculo” con una actividad de restauración que completa los servicios de su concesionario, el tercero de Suiza. El concesionario, que tiene 23 empleados, vende 200 vehículos al año, Ferraris y Maseratis, nuevos o de segunda mano. Ahora su objetivo es ofrecer vehículos “Ferrari Classiche” que cuentan con un certificado del fabricante de que el motor, la caja de cambios, el diferencial, la caja de la carrocería y el chasis son originales. Es un certificado que garantiza un precio medio un 20% más alto que el de los coches sin alguna pieza original.
El programa también permite limpiar un mercado extremadamente especulativo que fomenta las estafas. “Estas certificaciones no favorecen a los vendedores poco escrupulosos porque, a medida que adquieren más importancia, la red se va cerrando sobre los coches que no son originales”, explica Gardette.


Fuente: El País mayo 2016

ASATCH A.G.

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